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Page 1 of 2 EL ORIGEN DE ESTAS HISTORIAS
El martes 17 de febrero de 2008, a las 11:35 a.m., un bote de alta velocidad frenó en seco frente al costado oriental del islote Dry Tortuga, a 70 millas de Cayo Hueso, en el sur de Florida, para desembarcar a nueve balseros; luego, aceleró a fondo, hizo un semicírculo y en un torbellino de espuma y caracoles, se perdió en dirección a Cuba.
Cuando ya el bote era solo un punto en el horizonte, apareció un guardacostas torpedero lleno de policías que apresaron a los fugitivos, quienes de inmediato fueron reseñados y enviados incomunicados al Centro de Detención de Inmigrantes de Krome, en el condado de Miami Dade.
Mientras tanto, al otro lado del estrecho de la Florida, cuando el bote ya llegaba a La Habana, el nuevo gobernante de Cuba, Raúl Castro, anunciaba en un histórico discurso que acababa de tomar las riendas del poder en la Isla y que Fidel pasaba a buen retiro. Lo que nadie pudo anticipar en ese momento fue qué relación podría existir entre la llegada de los balseros a U.S.A. y la toma del poder en Cuba.
Pero uno de los refugiados recién llegados a Miami, durante el posterior interrogatorio, aseguró ser el siquiatra de cabecera del Fidel Castro y de inmediato pidió asilo político urgente porque su vida corría peligro, incluso en Estados Unidos.
Por su parte, las diferentes agencias de inteligencia del gobierno en Washington quedaron estupefactas con este inesperado descubrimiento y enviaron de urgencia a varios grupos de investigadores expertos para indagar al prisionero durante horas y días interminables, preguntándole una y otra vez las mismas cosas, sólo para confirmar que Fidel estaba vivo y loco de remate.
Al final, tanto las agencias de inteligencia en Estados Unidos como las de contrainteligencia gringas infiltradas en Cuba, confirmaron la versión del supuesto doctor: se trataba de Li Wong, un médico chino que en los años 80 cursaba especialización de siquiatría en la Universidad Patricio Lumumba de Moscú, en donde conoció a una enfermera cubana con quien se casó. La pareja, luego de dos años, decidió viajar a Cuba, sitio en donde vivieron todos estos años hasta el día de la misteriosa fuga.
Mientras que la CIA y el FBI intentaban confirmar que Fidel sí estaba vivo de verdad, Condoleezza Rice quería hablar cuanto antes con el recién llegado para conocer las profundas motivaciones sicológicas que impulsaban a Fidel a odiar de tal manera a los gringos, ella creía que con esta información podría anticipar las movidas políticas del complicado ajedrez internacional que el Comandante jugaba.
El ambiente informativo sobre la situación cubana estaba enrarecido, pues en ese entonces nadie sabía qué estaba pasando, no había noticias claras sobre La Habana, los medios habían especulado mucho sobre el tema y, para acabar de enredar la situación, un médico español empezó a decir que la principal enfermedad de Castro era un cáncer intestinal.
Luego de un tiempo, las autoridades estadounidenses dejaron al chino en libertad y confirmaron el asilo político bajo la condición juramentada de cooperar en todo lo posible con los servicios de inteligencia. Li, sin mayores problemas, se instaló con un nombre ficticio en Hialeah, un vecindario de cubanos en donde hizo amigos y empezó una nueva vida.
Este siquiatra le confesó a los servicios de inteligencia que Fidel, desde los primeros dolores estomacales, quiso involucrase en todas las decisiones médicas, ya que él tenía la mala manía de opinar sobre cualquier cosa que pasara en la isla. Así fue como él mismo generó todo tipo de interferencias logísticas, médicas y políticas, que dilataron el diagnóstico apropiado de la enfermedad y obstruyeron el proceso operatorio de tal forma que casi le cuesta la vida. Primero que todo, explicó, hubo dificultades para organizar el equipo médico con los mejores gastroenterólogos y cirujanos porque la mayoría de ellos estaba en Venezuela cooperando con el programa “Monte Adentro” [1].
El comandante Raúl, a falta de doctores adecuados, se vio en la urgente necesidad de conformar un grupo de trabajo con los mejores estudiantes de medicina del país, y para tal efecto envió un memorando al decano de la Facultad de Ciencias Médicas de La Habana, pidiendo su cooperación para una “operación secreta”. Como la nota no especificaba para qué se necesitaba a los estudiantes, el decano se limitó a escoger a los más fervientes miembros del partido comunista.
Así pues, los improvisados médicos fueron enviados a la casa en Punto Cero, donde Fidel ya tenía las radiografías listas y él mismo se había diagnosticado una oclusión intestinal.
Durante las horas siguientes se discutieron los detalles de la situación, pero como de costumbre, Fidel impuso su criterio de efectuar una operación con anestesia local, para evitar quedarse dormido. Como si tratara de planificar un operativo militar, dibujó en un papel las zonas en donde se debía hacer la incisión, cortar la piel, cercenar el pedazo de intestino bloqueado, la salida para expulsar aquellas materias fecales atascadas en su interior y especificó cómo debía ser el catéter plástico que las depositaría en una bolsa externa.
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